Volver a casa fue un regalo. Fui de viernes a martes, a principios de este mes, y no me lo pude pasar mejor. Me renovó y pude cargar pilas, dos cosas que necesitaba en grandes dosis. Había estado fuera sólo dos meses, pero me daba la sensación de que había pasado mucho más tiempo y la verdad es que esos días con mi familia y mis amigos fueron un bálsamo. Los días anteriores, en Alemania, había tenido algún que otro encontronazo con la madre y entre una cosa y otra no me sentía positiva en absoluto. Lo que más quería era llegar a casa y dejar que me mimaran. Y eso hice. Comí paella, disfruté del buen tiempo, fui al cine, vi a mis sobrinos y dormí muy ricamente en mi cama. Reconozco que luego no quería volver y que la vuelta a estas tierras se me hacía muy fría. Pero los días pasaron y cogí el vuelo de vuelta a Alemania. Tras un larguísimo día de viaje (que fue una maldita odisea) llegué a casa casi a las ocho de la noche. Empapada, congelada y muy cansada. Lo que no me esperaba en absoluto fue que el padre me recibiera con un abrazo, con lo poco propensos que son aquí con el contacto físico. Los abuelos, que habían estado allí esos días, también fueron muy amables y dulces conmigo. Incluso la madre también estaba más recíproca, y se puso la mar de contenta cuando vio que le había traído chorizo picante (su favorito) y jamón. Todo el miedo y la ansiedad que tenía por volver desaparecieron de golpe. Al día siguiente me levanté renovada y cuando me vieron las niñas se pusieron la mar de contentas, especialmente la mayor. (¿Os he dicho ya que es un amor? Porque lo es.)
Mientras comía al día siguiente con los abuelos y la pequeña, me levanté de la mesa y le puse la comida al plato de la mayor para que se enfriara. Eso siempre lo hace la madre, pero se había ido con prisas a recogerla a la guardería y se le había olvidado. Los abuelos ni se habían dado cuenta, y fueron ellos los que, al ver lo que hacía, me dijeron que parecía una más de la familia, pues estaba muy integrada. Estamos hablando de los mismos abuelos que dos meses atrás me habían comparado con la anterior au pair y le habían dicho a la madre que yo 'no entendía nada'. Caí en la cuenta entonces de que era cierto: estaba completamente adaptada. De que a pesar de los encontronazos que haya tenido con la madre y de que a veces, cuando voy a la cocina a picar algo, aún parece que vaya de puntillas, no me imagino viviendo con otra familia. Las quejas que pueda tener de ellos son, al final del día, una nimiedad, porque las cosas importantes sí las respetan. Todas las host families tienen sus cosas, y creo que se trata de saber encajar y adaptarse. De encontrar el equilibrio, el balance. Y yo creo que lo he encontrado.
Explico todo esto porque, antes de llegar aquí, me había hecho una idea muy idealizada de lo que era ser au pair. Aunque estoy convencida de que hay au pairs que sienten una confianza total con su familia y se sienten como en casa, ese no fue mi caso. Llegué, y sucedieron una serie de cosas que me hicieron sentir bastante mal y que voy a intentar resumir. Tengo alergia a los ácaros, y se supone que tengo que cambiar las sábanas mínimo cada dos semanas. Se lo dije a la madre, y me dijo que era demasiado y que quizás tendría que hacer yo la lavadora en cuestión porque ellos cambiaban las sábanas cada X meses. Me daba igual poner o no poner la lavadora, pero lo que me molestó fue cómo me lo dijo. Muy fríamente, como si fuera una molestia. Oye, que una no tiene una alergia adrede, qué quieres que te diga. Un día también me montó un pollo porque vio que las niñas habían estado cinco minutos (de reloj) sin gorro en el parque. Cabe decir que hacía un sol para morirse y no corría ni una pizca de aire. Y que habían sido CINCO MINUTOS. Otro día me dijo que cómo osaba poner la ropa sucia del gimnasio en el cubo de la ropa sucia, que tenía que esperarme a que se secara antes en mi habitación porque si no luego todo olía. Me quedé muerta, pues estábamos hablando del cubo de la ropa sucia, de ropa que luego se lavaría. Luego me explicó que era porque no podía estar poniendo lavadoras constantemente y por eso iba con más cuidado. Ahora escribo esto y me entran ganas de reír porque son tonterías, pero en ese momento me sentaron fatal. Supongo que porque todo era nuevo y desconocido y no entendía cómo funcionaban las cosas.
Fuera como fuere, está claro que empezamos con mal pie, porque ella se imaginaba que yo sabía unas cosas que, evidentemente, desconocía, y luego se indignaba cuando me equivocaba. Lo que me molestaba es que me lo decía muy fríamente, y parecía que me diera una bofetada cada vez que me hablaba así. No fue un recibimiento muy cálido, que digamos. Ahora pienso, en cambio, que quizás ella también se tenía que acostumbrar a una nueva au pair, a volver a explicar cosas que daba por sabidas y que la anterior au pair ya conocía, claro. Ahora, en cambio, me corrige de otro modo, o quizás me lo dice como siempre y yo no me lo tomo a mal porque ya me he adaptado. No lo sé.
Si no estuviera a gusto, me cambiaría. Lo dije en la anterior entrada y lo repito. A pesar de todo, a pesar de la madre (encajo mucho mejor con el padre en cuanto a carácter se refiere, por ejemplo). ¿Por qué? Porque en las cosas importantes siempre se han portado bien. Vigilan mucho con la comida, pues soy intolerante a la lactosa. Respetan mucho mi tiempo libre. Son muy dialogantes, pues ya he tenido dos conversaciones importantes con ellos y siempre hemos llegado a un acuerdo. La primera fue al cabo de dos semanas, en las cuales estuve trabajando 40 h semanales en vez de las 30 estipuladas en el contrato. Sabía que si no decía nada, la cosa seguiría igual. Le dije a la madre que no podía ser, que necesitaba más tiempo libre y que no era lo acordado. Me frunció el ceño, porque la anterior au pair nunca se había quejado (un pin por ella), pero me dio el martes como día libre y todos contentos. Al principio le costó adaptar su agenda a ese revés, pero lo aceptó sin problemas y asumió la responsabilidad, pues sabía que yo tenía razón. La segunda conversación sucedió a la semana siguiente. Como ya sabéis, a las niñas les tengo que hablar en inglés. El problema fue que a los padres también les hablaba en inglés y, evidentemente, de este modo era imposible que me soltara con el alemán. Me agobié muchísimo y me vi sin avanzar. Ya me pensaba que tendría que cambiarme de familia y me había mentalizado para tener esa conversación con los padres. Podéis imaginaros la situación mientras cenábamos: yo seria, lívida, pensando una y otra vez en mi mente cómo sacar el tema; los padres mirándome todo el rato, preguntándose qué diantres me pasaba. Al final lo solté, y me dijeron que dejara de hablar en inglés en ese preciso instante con ellos. Me dieron libros y películas en alemán, me dijeron que no pasaba nada, que no tuviera vergüenza de cometer errores. Se volcaron completamente, y desde entonces las cenas son completamente distintas.
Podéis pensar que es una entrada caótica, pero necesitaba soltarlo. Es curioso haber tenido sentimientos tan contradictorios en tan solo dos meses. Mañana iré con ellos a hacer el Laterneumzug :) Prometo hacer fotos y subir alguna, que entradas tan tochaco sin nada que ver se hacen pesadas, lo sé.