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01 enero 2014

Año nuevo

Tengo que contaros muchas cosas, y pedir perdón por tener esto tan abandonado, pero no quería que pasase otro día sin actualizar esto. No quiero empezar el año, entrar en el blog y ver que la última entrada tiene tanto enfado. No me parece correcto. 

El 2013 ha sido un buen año. Estresante e intenso, pero no por eso malo. Estudié mucho, empecé este blog, acabé la carrera, fui a la boda de mi hermano, viajé, me fui a Alemania, me gradué, volví a casa por Navidad (como el turrón)... y ahora, en 9 días, me iré a vivir a Bélgica durante 5 meses. 

Pero si tuviera que destacar sólo una cosa de este año....posiblemente me quedaría con la experiencia que he vivido en Alemania. Me ha cambiado muchísimo, y aunque no haya sido del todo positiva, es algo que recomendaría a todo el mundo. Si estás dudando, si no sabes si irte o no, si tienes miedo... lánzate. No vas a perder nada; sólo ganarás. Ganarás en confianza, en aprendizaje, en crecimiento, en conocerte a ti misma, en saber ir por el mundo, en no tener miedo, en conocer a gente, en distinguir aquellas personas que valen la pena de las que no, en poner las cosas en perspectiva. Tu casa no se moverá de sitio, no te preocupes. La vida hay que vivirla, y hay que vivirla al máximo, porque el tiempo vuela, y las oportunidades, si no las coges, se escapan.

Y después de esta entrada exprés, me voy más satisfecha a la primera comida familiar del año (me contento con bien poco, hay que ver). Mantener el blog más vivo es uno de mis propósitos de año nuevo, eso está claro. ¿Cuáles son los vuestros?

(Os deseo un muy muy feliz año nuevo.)


24 noviembre 2013

Hoy exploto

Hoy exploto porque no puedo más. Porque o lo explico o me da algo. Estoy agotada mentalmente y es posible que esta entrada sea confusa y me deje cosas y no entendáis mi rabia y frustración. Es posible.

Qué irónico, que mi última entrada tratara sobre lo bien que me he adaptado y el equilibrio que tenemos la familia y yo, cuando ahora, en cambio, sólo siento indignación y humillación. Pero bueno, pronto se acabará todo, porque a finales de diciembre cogeré las maletas para no volver. (Pero eso más adelante.)

El viernes no pasé la noche en casa y ayer por la tarde volví a casa durante unas horas para decirle a la madre que me iba de nuevo, que no estaría para cenar el sábado pero que volvería el domingo por la tarde para poder hacer el babysitting que les regalé para su aniversario de bodas. Lo que había pasado era que la noche anterior me había quedado en casa de una amiga porque perdí el último bus y no quería pagar 10 euros por un taxi. Vivo en un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad y cuando salgo con más gente en el centro no me sale a cuenta volver a casa a las 3 de la mañana porque no me cunde, simplemente. Siendo honestos, tampoco me apetecía volver, porque la madre me había hartado mucho durante toda la semana y aunque me encontraba fatal tenía que desconectar y salir. En fin, que la misma amiga me ofreció de nuevo su techo para la noche del sábado, pero esta vez, al saberlo, pasé por casa antes para coger cuatro cosas y volver a irme. Yo tenía pensado entrar en la cocina y tener una conversación de minuto y medio como mucho y volver a irme. 

Menuda sorpresa me llevé.

Fui a la cocina a decírselo a la madre, que en esos momentos estaba preparando la cena. Cabe decir que la estaba preparando muy antes que de costumbre y yo siempre le digo antes de que empiece a cocinar si me quedaré a cenar o no, cosa que entre semana raramente sucede pero que es muy común en los fines de semana. Apenas había empezado a explicarle la situación cuando soltó el rodillo que estaba usando para hacer la masa contra la encimera y, rebotada, empezó a gritarme. A gritarme. Me dijo que no soportaba que hiciera siempre eso, que nunca la avisaba (??), que esta semana solo había cenado una vez en casa y que ella se mataba cocinando para luego tener la nevera llena de tuppers y tener que tirar la comida a la basura. Me dijo que la comida orgánica era muy cara y muy fresca y que yo era la primera au pair que le hacía eso, que las otras siempre la avisaban con dos días de antelación, ('como mínimo, podrías decírmelo antes de que vaya a comprar los martes o los sábados, ¿no?') y que cómo se lo hacía mi madre cuando estaba en casa, dando a entender que con la actitud que yo tenía no entendía cómo mi madre se las apañaba conmigo.

¿Perdona?

Gritándome. Delante de las niñas y del padre, que estaban sentados en la mesa de la cocina. El padre, que se mantuvo callado todo el rato.

Después de unos instantes de shock y de quedarme muerta, le dije que siempre la avisaba cuando me enteraba de los planes que tenía, que no lo hacía adrede para joderla a ella y a la comida y que NO SABÍA QUE ESO ERA UN PROBLEMA. ¿En casi 3 meses no puede decirme ni una sola vez que prefiere que la avise con el máximo tiempo posible si voy a cenar en casa o no? ¿Qué voy a saber yo? Siempre la aviso en cuanto sé qué haré, y eso puede ser tanto con dos días de antelación como el mismo día, pero siempre antes de que se ponga a cocinar. Pensaba que, de este modo, no le ocasionaba ninguna molestia. Me contestó diciéndome que eso no era excusa, que yo ya era mayorcita para decirle a mis amigos que necesitaba saberlo con antelación. Yo le repetí que no sabía que eso le había provocado tantos problemas pero que ahora que lo sabía iba a intentar decírselo lo antes posible. 

Y aunque me había dicho que a ella le daba igual si salía o no, me preguntó que a qué hora era el último bus, y que si se podía saber qué hacía quedándome más tarde. 'Si a esa hora está todo cerrado', me espetó. 'No lo entiendo la verdad'. Yo seguía en shock, pero le contesté que se hacían muchas cosas aunque fuera tarde y acabé saliendo de la cocina disculpándome, humillada y con una impotencia muy grande. Me encerré en mi cuarto y seguía alucinando. ¿Cómo podía haberme hablado así? ¿Gritándome y faltándome al respeto de ese modo, como si fuera una niña de quince años? ¿Cómo podía haberme regañado de ese modo y haber dicho eso de mi madre y de mí cuando no sabe absolutamente nada de nada? ¿Hola? En esos instantes no podía procesar nada, pero luego me entró la rabia y deseé haberle dicho cuatro cosas bien dichas. Pero lo que hice fue coger lo que había ido a buscar e irme.

Lo mejor es que no tenía razón. Había cenado en casa dos veces esa semana, lo que pasa es que el martes siempre lo hago más tarde y sola porque llego de la academia a las mil, como siempre. Es cierto que salí el miércoles, pero la avisé el lunes (!!) y se lo recordé el miércoles, y el jueves no cené PORQUE ESTABA MALA. Tan mala que estuve toda la tarde en la cama a punto de vomitar. Y va y me soltó, en medio de la discusión: Bueno, que te pongas mala una vez espontáneamente aún, pero tantos días sin cenar ya no. ¿Es que encima tengo que programar cuándo me pongo mala y cuántos días me tiene que durar? ¿Es que estamos locos o qué pasa? 

Otra cosa, ¿es que la comida no se puede meter en el congelador? ¿Es que no puede cocinar menos si ve que se le van acumulando las sobras de otras comidas? ¿Es que no me lo puede decir como una persona normal y tener una conversación conmigo como dos personas adultas, en vez de gritarme y faltarme al respeto de ese modo? ¿Quién se cree que es?

Como podéis ver, estoy muy cabreada. Ayer aún estaba mala, pero me fui de todos modos porque prefería dormir en casa de mi amiga, sin salir, que pasar un minuto más bajo este techo. Hoy he vuelto y sólo me he encontrado al padre, que es el que me ha hablado del babysitting de manera normal y ya está. No he hecho ningún comentario, pero a partir de ahora las cosas van a ser muy distintas.

¿Por qué? Pues porque la semana pasada me confirmaron que me han dado una beca para trabajar de auxiliar de conversación en Bélgica, en la comunidad flamenca. Empiezo en enero y serán cinco meses allí, así que mañana se lo diré a los padres y me enfrentaré a la ira de la madre, pero esta vez no me pienso callar. Esta beca la pedí a principios de año porque era lo que realmente quería hacer después de la carrera, pero quedé en lista de espera y por eso me decanté por irme de au pair. Sin embargo, se han abierto tres nuevas plazas en Bélgica y me han seleccionado. Es una oportunidad que no puedo rechazar, pero visto el panorama no echaré mucho de menos esta casa, la verdad. Me dará pena dejar a las niñas, pero tengo que vivir por mí, no por nadie más. 

(No estoy molesta con la madre solo por esto, sino por comentarios que ha ido haciendo a lo largo de todo este tiempo y en especial durante esta semana en la que he estado mala -pero he trabajado todos los días, claro-, burlándose de mi estado y de mi poco 'aguante'. Lo de ayer fue la gota que colmó el vaso, porque está claro que no le caigo bien y que no me respeta. Con o sin beca, me hubiera ido de todos modos).

PD: Hoy he cenado sobras y sólo he visto tres tuppers en la nevera. Es decir, la cantidad estándar que hay a lo largo de la semana. ¿Dónde están los mil tuppers que la madre dice que tiene que guardar en la nevera? ¿DÓNDE?




20 octubre 2013

Die Zeit rennt

Mi vida aquí en Alemania continúa y yo siento que cada vez estoy más integrada en una rutina que no es la mía. Hay momentos en los que observo a los padres y a sus hijas y pienso que qué extraño es, que yo esté aquí, cuidando de unas niñas que no tienen ningún vínculo de sangre conmigo, viviendo con ellos y adaptándome a sus manías y costumbres (que son unas cuantas). Qué extraño es, intentar sentirme como en casa en un sitio que no es el mío. Hace unos meses estaba acabando mi último año de carrera, haciendo mil cosas a la vez y deseando en mi fuero interno que se acabara todo ya, que no podía más. Anhelaba irme. Ahora que estoy aquí, y después de un mes y medio, miro atrás y reconozco que, aunque no añoro ese estrés, sí era reconfortante saber exactamente cuál era mi lugar. Con esto no quiero decir que quiera volver, porque no es cierto. Está siendo una experiencia que no cambiaría por nada. Tampoco quiero engañaros; no me siento como una más de la familia. Lo digo porque sé de au pairs que sí se sienten como parte de la familia, no lo ven como un trabajo, y los padres las invitan los fines de semana a hacer actividades y esas cosas. A mí eso no me pasa. Los míos son buenas personas, e intentan que esté lo mejor posible, pero... no sé. Tengo la sensación de que tenían una relación más estrecha con la anterior au pair. O quizás es porque tampoco llevo mucho tiempo aquí y aún no me conocen del todo. O quizás es porque yo soy muy retraída cuando quiero y me cuesta explicar cómo me siento. No lo sé. Pero no es una mala relación. Son buenos, y quieren a sus hijas, y me tratan bien. No quiero cambiarme de familia, así que supongo que eso también lo dice todo. 

Mi día a día con las niñas ha dejado de tener sobresaltos. Aún no me he puesto a releer las primeras entradas que escribí aquí, pero sí recuerdo la sensación de absoluto pánico que tenía a todas horas. Normal que durmiera mal, o que tuviera el impulso de hacer las maletas y volver a casa siempre que las niñas no se portaban bien, la madre me hacía algún comentario o, simplemente, me perdía cogiendo el bus. Todo esto, aunque ahora me sigue pasando, ya no me afecta del mismo modo. Cuando la cago (que no es tan a menudo como al principio) me lo tomo con filosofía. Básicamente, en mi cerebro pienso: bleh. Cada familia es un mundo, así que no puedo más que asentir con la cabeza aunque no esté de acuerdo con lo que me dicen. El otro día, por ejemplo, me equivoqué de cacao cuando les preparé la leche a las niñas por la tarde. Les di el que era parecido al Nesquik (el rico, vamos), pero resulta que ese tiene MUCHO azúcar y es MUY malo para las niñas. Solo  les puse media cucharadita, pero no, nada. Completamente verboten. Prohibido. A la madre le salió una arruga del estrés y todo. Menuda tragedia, parecía que hubiera matado a alguien. Resulta que tengo que usar el cacao amargo, el que es 100% bio (por supuesto). Que el otro sólo lo compra para el marido. Estupendo. También descubrí entonces que las niñas no pueden tener nada de mermelada después del desayuno. Nada de azúcar, en definitiva; sólo fruta. En cambio, pueden cebarse a pan con mantequilla tanto como quieran, que eso es completamente aceptable. Hay cosas que no entiendo, de verdad que no. Así que no, en este tiempo no me he convertido en una súper au pair que lo acepta todo y que disfruta de cada momento que pasa con su familia. Ehm, no. Hay días que me comería a las niñas, y otros momentos en los que no puedo más. A veces la madre es un amor, y a veces le da la vena y se pone súper seria. Pero, en general, life is good, y no me voy a quejar.

Otra cosa de la que me he dado cuenta es lo mucho que echo de menos a mis amigos. Que hablo con ellos constantemente, sí, pero en casa tenía la comodidad de saber que estaban allí, que podíamos salir a tomar algo, a cenar o al cine. Aquí es distinto. Fue llegar y sentirme completamente perdida y desamparada. ¿A quién llamaba? ¿A quién le decía de salir a tomar un café para contarle mis penas y desgracias sin tener que sentirme como una carga? Empezar de cero no es fácil, eso está claro, pero no es imposible, incluso en una ciudad tan...gris como la mía. Yo ahora puedo decir que soy amiga de tres chicas que son un amor, y la verdad es que no sé qué haría sin su apoyo. Aún no me he juntado con españoles, aunque este finde he salido y me los he encontrado por todos lados. Que son gente muy apañada, sí, pero quiero evitar un grupo tan cerrado como el suyo porque sólo hablan castellano entre ellos y no quiero eso para nada. 

En cuanto al alemán...pues no sé qué deciros. Que entiendo mucho más que cuando llegué, que ya no me da cosa pedir las cosas en alemán en los sitios, cuando los primeros días recurría siempre al inglés. Que leo y miro películas y me obligo a pensar y a hablar en alemán siempre que puedo (os recuerdo que a las niñas les tengo que hablar en inglés). Que estoy muy motivada. En la universidad aborrecía las clases de alemán porque eran todas de traducción, con muchísima gramática y nada de comunicación. Lo odiaba. Ahora, en cambio, me encanta. Me encanta cómo suena, y me gustaría saber mucho más de lo que sé. Supongo que eso es bueno.

Para acabar la entrada, os pongo al día con algunas cosas:
  • el tiempo está loco. La semana pasada hacía mucho frío, y aunque había gente que aún iba en manga corta por la calle (?? CÓMO), yo ya me puse botas y anorak, que no estamos locos. Estos días, en cambio, han vuelto a subir las temperaturas, y yo me estoy volviendo loca ya, y mi garganta también. Creo que mi cuerpo se quiere poner malo, pero no se decide.
  • cumpleaños. El mío fue el 27 de septiembre, y los padres me regalaron una tarjeta del H&M muy apañada, así que esta semana, cuando fue el cumple de la madre, le regalé un babysitting, porque nunca pueden salir los fines de semana ni nada los dos solos, claro. Aún no lo han gastado, pero la madre se puso muy contenta. Ya están hablando sobre dónde irán a cenar y qué harán, mientras se hacen ojitos. Ay, qué bonico. El último cumpleaños del año será el de la niña mayor, que es el 5 de noviembre. Creo que le regalaré un libro, pero acepto ideas :-)
  • del 1 al 5 de noviembre. Tengo fiesta esos días porque vienen los abuelos y se quedarán con las niñas. Lo malo es que los padres me avisaron hace unos días y claro, al ser tan tarde, todos los vuelos ya estaban por las nubes. Tenía muchas ganas de irme de viaje a Suiza o a otro país, pero los precios exagerados hicieron que se me quitaran las ganas de todo. En eso que estaba yo ahí meditando qué hacer con mi vida cuando vi que Ryanair tenía una súper oferta para volver a casa: 50€ ida y vuelta. Pequé. Compré los billetes en un impulso y, llamadme mimada, pero no sabéis las ganas que tengo de recibir un achuchón de mi familia y comer paella y dormir lo que quiera los fines de semana sin que me despierten los gritos de las niñas a las 7 de la mañana.
  • fin de las vacaciones. Mañana la mayor vuelve a la guardería por las mañanas. Endlich. 

13 septiembre 2013

Tiempo aparte

Viajar siempre ha supuesto, para mí, un tiempo aparte. Un paréntesis. Unas vacaciones dentro de la rutina y del estrés que, a veces, amenazaba con matarme las ideas y, ya puestos, los ánimos. Visitar una ciudad desconocida, reservar hostales y encajar combinaciones de vuelos, buses y trenes suponía una desconexión de la monotonía de la universidad y de las obligaciones que, como buena persona responsable y adulta que soy (?), tenía que cumplir. Pero los viajes siempre han sido eso; un período corto, y un período acompañada. Me pongo a pensar en ello y me doy cuenta de que siempre he estado protegida por caras amigas, resguardada en mi zona de confort. Incluso estuve acompañada cuando me fui de Erasmus a Inglaterra, ya que de mi universidad nos íbamos ocho estudiantes al mismo sitio, y era inevitable encontrarse. (O quizás no, pero fue así como sucedió al final.)

Ahora, al estar aquí de au pair, es distinto. Es cierto que esto tiene también una fecha límite, un tiempo delimitado, pero me está obligando a valerme por mí misma y a resolver problemas sin la ayuda de nadie. Me pueden aconsejar amigos y familiares (y vaya si lo hacen...) pero la que tiene que tragarse los mocos y tirar pa'lante soy yo, así que no queda otra que apechugar y seguir. Lo que me da más risa de todo esto es que yo siempre me había considerado una persona muy independiente, pero me estoy dando cuenta de que quizás no lo era tanto. Siempre va bien darse cuenta de las flaquezas de uno para poder mejorarlas, supongo. Cuando leía en los blogs de otras au pairs que esta era una experiencia que te obligaba a madurar por narices era un poco suspicaz. No será para tanto, pensaba. Qué ilusa era, ay.

Cambiando de tema, y dejando a un lado estas profundas reflexiones sobre mi persona (indispensables, cómo no), esta segunda semana me ha servido para familiarizarme con la que será mi vida a lo largo de este año. Desde aquí declaro:
  • que el tiempo en Alemania es una mierda. Cómo puede ser que la semana pasada me estuviera quejando del calor que hacía y que estos días no haya hecho más que llover, llover y llover. Eso me pasa por hablar, definitivamente. Estamos a setiembre y hemos tenido que encender la calefacción. La calefacción. Lo repito para que os cale, lectores que ahora mismo estáis en manga corta. No quiero ni imaginarme cómo estará esto en diciembre. De verdad, no quiero. ¿Qué obsesión tengo yo con los países en los que el sol apenas sale, si siempre lo paso tan mal? Que alguien me lo explique, por favor, porque esto no es normal.
  • que las niñas, por separado, son manejables, pero que cuando las juntas, o se odian o se adoran. Un poco lo que me pasa a mí con ellas, para qué negarlo. Cuando la mayor quiere lo que tiene la pequeña y, si no lo tiene, se pone a chillar cual niña poseída, o cuando la pequeña quiere a su madre porque se ha caído (y no se ha hecho absolutamente nada), y se pone a patalear y a ponerse tan roja que crees que le explotará alguna vena, me armo de paciencia y cuento hasta diez, cincuenta, o hasta mil, lo que sea para no explotar yo. Pienso que son reacciones del momento. Que luego, cuando pase la tormenta (porque siempre pasa), te miran con una sonrisa, o te dan un beso, y saben que te tienen en el bote. Malditas. (Pero a veces las mataba.)
  • que la rutina es mano de santo. En momentos de estrés y de avalancha de pensamientos negativos, del tipo 'qué diantres hago aquí', pienso que tal día tengo clase de alemán, que el fin de semana visitaré tal ciudad, que tengo que comprarme esto o lo otro. Pienso en mi tiempo aparte, y el agobio disminuye. Además, ahora ya no me siento tan desamparada como los primeros días. Supongo que me voy acostumbrando, y eso siempre es bueno.
  • que cambiar un pañal reciclable no es moco de pavo. Y menos cuando la niña en cuestión no ha hecho una 'mini caca' como te había prometido. Os juro que no creo que pueda quitarme esa imagen de mi cabeza en toda mi vida. (Esto ha sucedido hoy. Ha sido la primera mañana que he estado completamente sola con la pequeña porque la madre tenía que ir a trabajar a no sé dónde, y lo primero que he pensado ha sido 'por favor, que no se haga caca'. Más que nada porque la madre no me había explicado cuál era el procedimiento a seguir con un pañal reciclable que abulta la vida entera, tiene mil capas y toallas, y no hay manera de enganchar con el velcro. Hoy, al cambiarla, me he preguntado hasta qué punto es reciclable un pañal reciclable cuando la niña no hace mini cacas ni de lejos. Fin del momento escatológico de la entrada).
  • que conocer gente y hablar con personas que no son a) ni tus jefes, ni b) niñas de 2 y 4 años, va bien para el alma. Esta semana he empezado el curso de alemán. En principio tenía clase solo los viernes, dos horas y media, pero resulta que no había suficiente gente para ese curso y lo anularon, así que me presenté el jueves –era el segundo día ya, pero en fin– a un curso 'inferior' . Era una clase de B1, así que no sé dónde pretendía meterme la madre, porque llego a ir a una clase de B2 y no salgo viva de allí. En definitiva, que me encantó. Todo. Somos siete personas, creo, y la profesora es muy amable y comprensiva. Lo entendí todo. Casi lloro de la emoción, sin exagerar. Vale que la mujer me hablaba como si fuera retrasada, porque me cuesta mucho soltarme aunque entienda lo que me digan (frustración máxima), pero volví a casa motivada. Además, que son dos tardes, y haré más horas a la semana. También conocí a dos estudiantes de la universidad (de la AEGEE de Kaiserslautern) y me han abierto las puertas a una vida social inminente, ya que me han dicho que me avisarán cuando queden y salgan, y que tengo que apuntarme al gimnasio de la universidad, al club internacional, etc etc. No creo que tenga tiempo de todo, pero bueno. Planes, planes.
  • que mi sentido de la orientación sigue siendo nulo. Para encontrar las paradas del bus de mi urbanización estuve deambulando media hora por la urbanización cuando resulta que estaban a diez minutos de mi casa. Al final las encontré, pero me cagué en todo, porque hacía un viento increíble y acabé congelada. Ayer también me perdí para llegar a la Volkshochschule (escuela de alemán). Resulta que estaba yendo en dirección contraria de la que supuestamente tenía que ir. Ole yo. Allí ya cedí porque no quería llegar tarde y le pregunté a una mujer si me podía ayudar. Me acompañó un trozo y todo, y resulta que estaba a cinco minutos de mi parada del bus. ¿Por qué me pasan a mí estas cosas? Mi incompetencia a veces me supera.
  • que los carritos de bebés alemanes son horribles. Eso no se puede conducir. No se puede. ¿Cómo pueden costar tanto? ¿Cómo pueden atascarse tanto? ¿POR QUÉ NO SE MUEVEN LAS RUEDAS COMO DEBERÍAN MOVERSE? El primer día acabé con una tensión en los brazos que parecía que hubiera hecho pesas y todo. La virgen.
Reconozco que esta es una entrada caótica. Pensaba hacer una sólo hablando de las niñas, porque lo que me pasa con ellas da para un libro entero, pero creo que ya lo haré en otra ocasión. Estoy cansada, pero hoy es viernes (¡¡!!) y mañana me voy a Koblenz, a pasar el fin de semana allí, en casa de una chica que también es au pair. Saldremos con otras au pairs de la ciudad, compartiremos nuestras penas, y básicamente desconectaremos de tanto llanto y piezas de Lego. Felicidad sin adulterar.

(Sólo espero no tener problemas para llegar allí. Porque tengo que hacer transbordo y tengo diez minutos para coger el siguiente tren, y visto lo visto soy capaz de perderme en la estación o no encontrar el andén. Ay.)


03 septiembre 2013

Aclimatación a pasos agigantados

Escribir me relaja y me ayuda a ver las cosas con perspectiva. Sólo llevo un día aquí pero ya he sentido mil emociones. No todas buenas, pero tampoco todas malas. Ahora mismo me siento victoriosa. Las que lleváis tiempo en este mundillo me podéis tachar de ingenua porque sé que aún me queda mucho por recorrer y que habrá patacazos, pero ahora mismo me siento capaz de superarlos. Creo que pensar de este modo es importante, así que me aferro al optimismo para sobrevivir.

En un día ya he notado algunas cosillas que me han sorprendido, por decirlo de algún modo. Más bien, son aspectos que me han chocado bastante y que casi me provocan un paro cardíaco en todo su esplendor. Hablemos un poco de ellos:

  1. la piratería: los que vivís en Alemania ya lo sabéis, así que no os digo nada nuevo cuando explico que aquí se toman esto muy en serio y que no es moco de pavo, como sucede en España. Mis HP ya tuvieron que pagar una multa porque la anterior au pair se bajó algo por torrent (se dejó algo a medias en su país, llegó aquí y aunque no lo activó -o eso entendí-, pudieron rastrearlo y entrar en su IP), así que están escarmentados y no quieren volver a tener problemas. Me contaron que ahora están en La Lista (me reiría si no me hubieran metido tanto miedo en el cuerpo, que un poco más y me convierto en fantasma de lo pálida que me puse) y que de tanto en tanto pueden entrar en su IP a comprobar que no se hacen actividades ilegales. No sé cuánto es verdad y cuánto es mentira, pero lo que sí sé es que no quiero jugármela. La multa que les podría caer (a mí, porque ellos no la pagarían, evidentemente) es de más de 1000€, Pregunté si habría algún problema en ver las series online, y me dijeron que no mientras las viera en páginas legales (seriesly muy legal, que yo sepa, no es). Gente, consejo. ¿Habéis tenido problemas viendo series o películas online? ¿Recomendaciones? Lo mejor de todo es que yo no paraba de preguntarle cosas a la madre, porque ya me había informado y sabía algo del tema, pero ella me miraba extrañada y me decía 'es que, de todos modos, es ilegal. Eso también pasa en España, ¿no?'. Sí, igualito. Le contesté muy educadamente que las leyes no eran tan estrictas como aquí. Se quedó con el ceño fruncido el resto del viaje. 
  2. lo que ellos consideran 'jamón del bueno': les traje jamón de casa y me dijeron que lo empezarían cuando se acabara el que tenían ya abierto, que también estaba rico. Probé el suyo anoche y no repetí, no. Hoy han sacado el mío y he sido rauda y veloz en coger más de un trozo, evidentemente.
  3. la falta de servilletas en las comidas: ¿POR QUÉ? ¿es que no se ensucian la boca o las manos, los alemanes? ¿Es que yo soy muy rara por querer limpiarme las manos? Una de las niñas ha estado toda la tarde con la boca llena de tomate. La abuela se ha manchado las manos de nectarina cuando se la daba a la pequeña, que lo he visto, pero luego ¿DÓNDE SE LAS LIMPIABA? Lo mejor de todo es que sé que hay servilletas en esta casa; las he visto y las tienen todas en un armario. ¿Por qué no las sacan? Que no son trapos de seda, joder. Que son servilletas del súper. 
Esto es aclimatación a pasos agigantados, eso sí. Anoche casi me da un patatús en la cena, porque los abuelos empezaron a hablar con los padres en alemán sin ningún tipo de freno. No hablaban más despacio por haber una extranjera en la mesa, no, sino que parecía que se ahogaban de lo rápido que iban al hablar. Yo me comí mi ensalada en silencio y asentía de tanto en tanto, porque mi nombre es el mismo en todos los idiomas y era consciente de que hablaban de mí, pero no lo entendía todo ni de coña. Sí que entendí que la abuela le dijo a la madre en algún momento que la anterior au pair 'lo entendía todo'. Give me a break, woman, que acabo de llegar. Pero no les guardo rencor, porque son unos bonachones y no paran de ofrecerme comida en la cena. 


Los padres son una joya. El padre es muy, muy majo, y muy abierto. La madre me imponía mucho, porque tiene un aspecto muy serio, pero cuando está con las niñas es muy dulce con ellas y siento que cada vez me coge más confianza. Poco a poco, supongo. No me exigen nada, me dan libertad y me explican las cosas con calma. Aún siento que soy una invitada, y quizá por eso hoy le he preguntado al padre si podía coger un yogur después de cenar (tampoco comen nada de postre. ???????.) y me ha dicho que puedo comer lo que quiera y cuando quiera, que es mi casa, que no hay normas, y que gracias por todo (siempre me está agradeciendo las cosas este hombre). No sabe lo que ha dicho. Dentro de nada me pasearé en pijama a la hora de la cena y apareceré con la legaña en el ojo a la hora del desayuno. Marcad mis palabras. 

Las niñas son un amor. Hoy no ha sido coser y cantar, para qué reconocerlo. La mañana ha sido complicada, pero he podido con ella y, por ello, me siento capaz de poder con todo. A la hora del desayuno, cuando he entrado en la cocina, la mayor ha puesto una cara de espanto que casi me deja clavada ahí mismo. Y la pequeña no paraba de mirarme hipnotizada, mirando cómo desayunaba yo e imitándome. Luego ha pedido jugar conmigo, y ya me la he ganado a lo largo de la mañana. Es muy de rutinas. ¿Que quiere leer un cuento? Pues a leer el mismo cuento una y otra y otra y otra y otra vez. ¿Que quiere columpiarse? Pues a columpiarla hasta que la au pair deje de notar cómo la sangre corre por sus brazos. Me miraba con su sonrisita y sus ojillos de ratón y ya me tenía en el bote. Los abuelos estaban encantados con el progreso, y yo también, para qué negarlo. Después de comer (yo he comido con ella. A las 12. Ole.) la madre la ha acostado un rato y se ve que no paraba de preguntarle que dónde estaba yo, que si yo también estaba durmiendo, y que por qué no podía venir a mi cuarto a dormir conmigo. Me la como.

La mayor, en cambio, se me ha resistido un poco más y ha sido más difícil. Durante el desayuno no me ha dicho absolutamente nada, se ha puesto triste y luego se ha ido al cole medio enfadada. Supongo que ha entendido entonces que la anterior au pair no iba a volver y que ahora había una extraña en casa. A la hora de la comida se ha puesto a berrear tanto que yo pensaba que se quedaba sin cuerdas vocales. La he dejado un rato con la madre, a ver si se calmaba, porque estaba claro que mi presencia allí sólo empeoraba las cosas. Al cabo de media hora he vuelto, con las energías renovadas y dispuesta a ganármela, así que me he sentado con ella y con la madre a jugar al Lego. Al cabo de diez minutos ya estaba construyendo un zoo enorme, yo toda entretenida, y la niña todo el rato poniendo animales dentro. Ha empezado a sonreírme y me llamaba por mi nombre, no por el de la anterior au pair. Después se ha ido a clase de música, y yo he aprovechado esas dos horas para descansar. Al volver, he oído cómo empezaba a llorar muchísimo. Pensaba que volvía a estar enfadada por algo, pero me he fijado y entre berrido y berrido he reconocido mi nombre. Resulta que se había asustado cuando la madre le ha dicho que yo, en ese momento, no estaba (era mi tiempo libre, y eso los padres lo valoran casi más que yo, de momento). He bajado a su habitación y las dos niñas se han puesto con una sonrisa de oreja a oreja al verme, así que hemos subido un rato más a jugar juntas hasta que ha llegado su padre. Entonces sí que me he despedido hasta la hora de la cena porque ese era ya su rato.

Hay momentos en los que me pregunto qué diantres hago aquí. Pero alejo esos pensamientos, y pienso en todo lo que me queda por hacer, y por aprender, y por conocer, y me animo al instante.